Todos somos responsables

Nunca de una cosa tan sencilla como correr tras una bola pensé que pudiésemos sacar cosas que nos avergüenzan tanto. Reconozco que soy de esas personas capaces de perder dos horas del día viendo a tipos correr tras una bola. Como aficionado sé que no hay nada nuevo en el horizonte, pero como padre llevo 12 años siguiendo a mi hijo en el fútbol base, lo que  supone haber visto, quizás, más de 1.000 partidos, en los que reconozco haber pasado vergüenza en más de un centenar de ocasiones.

Desde bien pequeños niños y niñas comienzan a competir. Con 6 años ya se federan, lo que supone que la competición genera una gran rivalidad: ganar a costa de lo que sea. Rodeados de entrenadores/as sin la más mínima formación (más allá de haber dado cuatro patadas a un balón), padres y madres que olvidan su papel para convertirse en  aficionados (muchos de ellos ultras), en entrenadores o en representantes. El resultado es competitividad y mercado a costa de educación y formación.

En muchas ocasiones, en los medios de comunicación vemos situaciones que se dan en los campos de fútbol modesto o de base que nos escandalizan: jugadores que se pelean entre sí, padres (generalmente hombres) que se lían a puñetazos, insultos a árbitros por su género, raza o la condición sexual que se les presupone, …  y  todo ello delante de menores para los que deberíamos ser ejemplo. Generamos situaciones violentas sólo para desahogar nuestra propia frustración: no eres racista pero no tienes problema en dirigirte a un árbitro como “negro de mierda”; no eres machista pero no tienes problema en decirle a una árbitra “mejor estabas en casa fregando”. ¿Qué pasa en una sociedad cuando traslada estos mensajes a sus menores?, ¿qué van a hacer luego en su casa, en el colegio o cuando van a campos de fútbol como El Molinón?

Como menores en formación deberían tener unos referentes adecuados. Si se pierde la referencia paterna que necesitan (ya que son los padres quienes mayoritariamente dan peores ejemplos) y sus referentes pasan a ser los cuatro «personajes mediáticos» (con pendientes de diamantes, coches de muchos millones y grandes mansiones), los dejamos sin contacto con la realidad y huérfanos de modelos adecuados. Y con ello estamos favoreciendo la pertenencia a grupos que no se cuestionan «el daño al otro», como los ultras de un equipo de fútbol.

La falta de un espíritu crítico de nuestros jóvenes unido a una falta de «feedback» por parte de quienes deberíamos tener esa responsabilidad  facilita el adoctrinamiento en el odio al diferente, a las mujeres, y -en definitiva- ayuda a que el germen neofascista siga floreciendo en estos  grupos catatónicos que siguen mensajes de odio, y en los que el fútbol deja de ser lo importante para convertirse en excusa para la violencia, envuelta en banderas nacionales e ideologías de extrema-derecha.

No estaría de más que todos y todas asumiéramos la parte de responsabilidad que nos toca: padres y madres, educadores, responsables de clubs, administración, etc.

Estamos hartos/as de la imagen que estos tipos dejan de nuestra ciudad, por lo que podríamos empezar por pedir a los dirigentes del Real Sporting de Gijón que finalicen con la connivencia con estos grupos violentos y fascistas, que les prohíban la entrada al Molinón y que dejen de disculpar hechos tan graves como los ocurridos el sábado en la grada del fondo sur. 

De no ser así, cabría pedir al Ayuntamiento de Gijón, como propietario de las instalaciones, que tome las medidas oportunas. Sería una medida ejemplarizante para muchos de nuestros jóvenes.

ANDRÉS DÍAZ

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