POR UN CONSUMO RESPONSABLE DE ALIMENTOS Y OTROS PRODUCTOS

POR UN CONSUMO RESPONSABLE DE ALIMENTOS Y OTROS PRODUCTOS

Los grandes supermercados han cambiado nuestra manera de consumir, supeditando las necesidades básicas de alimentación a la lógica mercantil y a los intereses económicos de las grandes empresas del sector. La mayor parte de la compra de alimentos (el 82%) la realizamos en esos supermercados, mientras que en las tiendas tradicionales compramos sólo un 3%. El resto se hace en tiendas especializadas (11%) o en otro tipo de establecimientos (4%).

La concentración de la distribución en unas pocas empresas se visualiza en la “teoría del embudo”: 46 millones de personas consumidoras en España y más de 700.000 campesinos y campesinas, estamos en manos de unos pocos distribuidores que son los que determinan el precio a pagar a quienes trabajan la tierra y producen, así como el precio de venta al público consumidor. Por eso quienes producen reciben cada vez menos dinero por sus productos y nosotras y nosotros, las personas que consumimos, pagamos cada vez más por lo que compramos.

Según la COAG (Coordinadora de Organizaciones de Agricultores) la diferencia media entre el precio que se paga a quienes producen alimentos y el precio final que pagamos por ellos, es casi 4 veces más. Y el 60% de esa diferencia va a parar a ese oligopolio distribuidor que empobrece la actividad campesina, homogeneizan lo que comemos, precariza las condiciones laborales del personal empleado en sus empresas, acaba con el comercio local y promueve un modelo de consumo insostenible e irracional.

El poder de esas grandes distribuidoras es enorme y nuestra alimentación está cada vez más supeditada a sus intereses económicos. No somos nosotras quienes decidimos los que comemos. La visión de grandes estanterías llenas de productos variados, oculta la realidad de que casi todo lo que nos ofrecen depende de un pequeño grupo de multinacionales. Cada vez tenemos menos libertad real para elegir y pocas opciones entre las que optar.

Tenemos que analizar quién está detrás de cada cadena de supermercados y qué política laboral y comercial desarrollan, antes de ejercer nuestro poder de decidir dónde vamos a comprar. Y debemos plantearnos si realmente son más baratos los productos de los supermercados frente a los del comercio del barrio. Sobre todo teniendo en cuenta que detrás de esos precios suele haber explotación laboral de los trabajadores y trabajadoras (empleo precario y temporal, horarios atípicos que incluyen fines de semana, dificultad de conciliar la vida laboral con la familiar y social,…) y que debemos añadir, a esos precios, el coste de la contaminación por transporte de productos desde distancias de cientos y miles de kilómetros, y la ruina de miles de personas que trabajan la tierra o elaboran esos productos.

¿Realmente el precio final que pagamos en un supermercado es “más barato”…? Cuando nos desplazamos en coche o autobús hasta una gran superficie ¿incluimos ese gasto en el precio final, junto con el valor del tiempo que invertimos en realizar la compra? Y eso sin tener en cuenta la incitación constante al consumo mediante las promociones 3×2, los descuentos de la “segunda unidad”, la disposición de los productos en las estanterías, … Cada detalle está estudiado y orientado para hacer que compremos más de lo necesario y para que, en definitiva, gastemos más de la cuenta.

Por otra parte, y dado que cada vez se ofertan más alimentos industrializados y menos saludables (llenos de aditivos, conservantes y colorantes, cuyos efectos –y las interacciones que desencadenan- desconocemos), debemos examinar con detenimiento la información sobre los componentes y detectar los ingredientes transgénicos. Cada persona tiene el poder de decir ¡no! a comprar alimentos que procedan de cultivos manipulados genéticamente. 

Tenemos que ser conscientes de que estamos ante un sistema de distribución que beneficia al capital. Por eso, además de informarnos sobre los productos que adquirimos, debemos reflexionar y entender cómo funciona este sistema y buscar alternativas: crear grupos de consumo; comprar a cooperativas y pequeños productores; defender el comercio justo y la agricultura ecológica, etc. Y, por otra parte, el comercio local, el de nuestro barrio, tiene que apostar por otra forma de consumo y alimentación, ofreciendo productos de cercanía, más saludables, sin pesticidas (venenos en definitiva), sin transgénicos y respetuosos con el medio ambiente.

Cada persona ha de decidir por sí misma, ya que romper las cadenas mentales de la esclavitud es una tarea individual. Cuando decimos que queremos cambiar cosas y que aspiramos a mejorar la salud, la educación, la sociedad, … en realidad ¿somos personas que estamos dispuestas a hacer los esfuerzos necesarios para conseguirlo?. Hay una relación directa entre la situación mundial actual y nuestros hábitos de consumo. Si cada vez que compramos ciertos productos pudiéramos ver el daño que se deriva de su producción, transformación y distribución, seguramente nos lo pensaríamos dos veces antes de hacer esa compra.

¿Qué y dónde compramos? El consumo responsable se basa en consumir menos y en que lo que consumamos sea lo más ecológico, sostenible y solidario posible. Comprar implica satisfacer una necesidad o un deseo, pero también activar toda una serie de procesos económicos, sociales y medioambientales. El cambio social comienza en el plato de comida y en la elección que tomamos en la compra de cada día.

Esa propaganda con «ofertas» que nos están haciendo llegar continuamente y la publicidad difundida masivamente por todos los medios (prensa, revistas, radio, televisión,…), nos están creando necesidades, la mayoría de las veces, artificiales. Con el consumo nos volvemos rentables para el sistema, que se basa en producir y adquirir más y más cosas… El sistema capitalista, y la élite que lo maneja, pretende mantenernos en la infelicidad para seguir exprimiéndonos con absoluto desprecio y convenciéndonos de la necesidad de gastar y endeudarnos para conseguir un teórico bienestar que sólo dura unos breves instantes desde la adquisición del producto.

Ahora que entramos en una de las etapas doradas del consumo (navidades, año nuevo, reyes, …), hay que dar la vuelta a la ecuación. Ser feliz depende de cada persona y poco es lo que en realidad necesitamos. No consumamos esa «supuesta» felicidad de las cosas. En realidad lo que poseemos, nos posee. Démonos cuenta de que necesitamos poco y que lo poco que necesitamos lo necesitamos poco.

Rafael Cuartas

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