En Defensa de la Empatía

En los últimos días hemos contemplado, impasibles, como los medios de comunicación de masas, todos, en conjunto y sin fisuras, trataban de convencernos de que el a partir de ahora nuevo presidente de los Estados Unidos de América era poco menos que un monstruo sin corazón, un peligro mundial, el enemigo público número uno al que todos debemos repudiar. Más allá de si eso es o no cierto -permítanme dudar de que Hillary no sea igual de monstruosa-, el simple hecho de que todo el establishment mediático del mundo occidental haya decidido romper la regla no escrita de los tuyos contra los míos y todos contentos, situándose en bloque frente a Donald Trump y cuestionando públicamente así su supuesta imparcialidad, es sin duda una clave inequívoca de que algo está cambiando.

La victoria del magnate norteamericano en las elecciones a la Casa Blanca abre un futuro incierto. Hay quien se empeña en hablar de preocupante, como si el porvenir no lo fuese siempre. Parece claro que el mundo surgido de las cenizas de la Guerra Fría, lo que algunos dieron en llamar Pax Americana -aunque de pacífico haya tenido poco- se acaba. Se trata del ocaso de una era unipolar, determinada por la omnipresencia de los Estados Unidos a nivel cultural, político, económico y financiero.  

Esta deja tras de sí un reguero de problemas tanto de índole política como económica, social y, sobre todo, medioambiental. En el plano político nos encontramos con un mundo multipolar en el que potencias regionales como Irán o Arabia Saudita se abren paso junto al empuje de viejos protagonistas internacionales como Rusia o China, quienes reclaman un mayor peso a nivel global.

Además, los antiguos esquemas se están quebrando. La aparición de nuevas organizaciones internacionales como el Banco Asiático de Inversión en Infraestructura o el ALBA ha contribuido a cuestionar a las viejas estructuras supranacionales como el Banco Mundial o el Fondo Monetario Internacional.

Por su parte, la Unión Europea, otrora símbolo de la fraternidad de los pueblos y de la Europa social, agoniza asfixiada por las regurgitaciones de sus propias contradicciones internas. Impasible ante la crisis de refugiados, cruel e insolidaria respecto a los más necesitados y empeñada en una política de austeridad suicida, se alza como un convidado de piedra en el banquete del nuevo orden mundial.

Hay quien señala que el antiguo mundo de los tratados internacionales está llegando a su fin, y se atreve a augurar un mundo en el que los estados, ante la escasez de recursos y la inestabilidad política, comenzarán a plegarse sobre sí mismos, renunciando en gran medida a la acción global.

Este hecho es muy grave, y más cuando las necesidades del planeta apuntan a la ineludible responsabilidad de llegar a acuerdos a nivel global sobre asuntos tan relevantes como el cambio climático, la gestión de las migraciones, la necesaria protección del medio ambiente, el desarrollo de nuevas energías renovables, etc.

La crisis económica del 2008 marcó un cambio de era a nivel mundial. Del cénit del capitalismo se ha pasado a un escenario ambiguo y desconcertante, en el que todo parece estar por escribir. Es en este momento cuando la acción de la ciudadanía se demuestra más relevante.

En Europa, frente a los nuevos retos planteados parecen haberse abierto dos vías de respuesta diferenciadas, que solamente se han encontrado a la hora de reclamar más soberanía para los pueblos en oposición a la tiranía de los mercados internacionales.

Por un lado los viejos ecos del racismo, el nacionalismo extremo y la xenofobia han reaparecido en figuras como el húngaro Viktor Orban o la francesa Marie Le Pen. Frente a ellos, los movimientos sociales han comenzado a organizarse para contrarrestar los efectos del austericidio europeo así como para plantear nuevas soluciones para los retos actuales.

Por suerte, en nuestro país los partidos racistas y xenófobos no han calado en la sociedad, aunque no debemos descartar que, de fracasar nuestro movimiento, acaben tomando la vanguardia del descontento.

Y es que la sociedad reclama cambios. Respecto a la inestabilidad internacional y la autodestrucción a la que algunos parecen querer condenar a la Unión Europea, muchos ciudadanos nos negamos a permanecer impasibles. El cambio en el paradigma está claro. Las nuevas generaciones de españoles y, en general, de europeos, deseamos saber más, somos más críticos y más sensibles, más conscientes de nuestro papel en el mundo y ya no nos conformamos con que otros decidan por nosotros.

Desde mi perspectiva, nuestra principal arma es la empatía. La empatía para con nuestro barrio, nuestro entorno, la sociedad en la que nos movemos. La empatía respecto a la vecina del quinto a la que un banco quiere desahuciar, pero también para un ecosistema destruido para producir aceite de Palma en Indonesia o para un toro maltratado hasta la muerte en una plaza.

La empatía debe ser el motor del cambio porque la empatía es, por definición, anticapitalista. El capitalismo agresivo se alimenta de los mismos oscuros pensamientos de los que se nutren los movimientos de extrema derecha: el egoísmo, el miedo, el odio, etc. Frente a ellos, debemos alzar un muro de empatía. Un mundo más empático implica necesariamente una sociedad más justa y mejor.

Porque resulta imposible explotar a un trabajador si se es empático respecto a su situación, como resulta imposible talar un bosque o destruir el futuro de nuestros hijos. Porque el capitalismo agresivo y destructivo en el que nos hemos instalado es un monstruo sin cabeza ni corazón, gobernado por la sinrazón y apoyado en el consentimiento y la colaboración de seres que se han olvidado de ser empáticos, de pensar en el otro.

Por eso, contemplar cómo los nuevos ciudadanos están creciendo con una mayor empatía me hace tener esperanza en un mundo mejor.

Desde Podemos debemos trabajar por desarrollar los valores empáticos de la sociedad, por demostrar que sí se puede, que se puede ser empático y ganar. Debemos enfrentarnos al antiguo paradigma del egoísmo y el pensamiento individualista fomentando el respeto hacia los demás, el medio ambiente y todos los seres sintientes que nos rodean.

Y es en este punto cuando considero que la empatía no debe finalizar en los seres humanos. La violencia contra el medio ambiente y los animales constituye el último peldaño de la cadena de explotación capitalista en la que vivimos. Cuando un padre o una madre llevan a un hijo a presenciar un espectáculo en el que se maltrata a un animal, le están transmitiendo no solo un mensaje de crueldad y desprecio hacia la vida de otro ser sino un complejo mensaje de poder: el animal sufre porque es débil y quien le hace sufrir tiene el poder. Ese mensaje entronca directamente con el machismo de aquel que golpea a su mujer porque es suya, porque puede. Entronca con el empresario que explota a sus trabajadores y lo hace también con el gobierno que consiente en destruir el patrimonio cultural o medioambiental en pos del progreso momentáneo.

El poder entendido como dominio sobre el otro, como herramienta de enriquecimiento a partir de la explotación, reside en las profundidades de nuestra cultura. La distancia entre la cría de un cerdo para ser consumido y la esclavitud de una mujer negra en el Sahel es mucho más pequeña de lo que a priori podría parecernos. Ambos son fruto de la carencia de empatía, de la falta de sentimientos hacia el otro.

Sé que queda mucho por hacer, pero si queremos comenzar a derribar el muro del egoísmo, el discurso del poder, la conversión del otro en un recurso -me da igual que hablemos de recursos humanos, alimenticios, naturales, etc.- debemos empezar a plantearnos que las luchas por los derechos son luchas contra los pilares de nuestra cultura.

 

Rodrigo Fernández

Un comentario en «En Defensa de la Empatía»

  • el 18 noviembre, 2016 a las 1:21 pm
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    Buen trabajo Rodrigo, enhorabuena,

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