«Mil años de tauromaquia. Año I de la abolición» – [Crónica] Charla domingo 19

Luís Bernardo, presidente de la ONG Mundo Vivo. Julio Ortega, escritor y activista por los derechos de los animales no humanos. Presenta el acto Luís Royo, miembro del Grupo Animalista de Podemos y doctor en veterinaria

Parece mentira que a comienzos del siglo XXI, en una sociedad que se presume progresista, «sigan existiendo protaurinos que utilizan argumentos falaces que ni ellos mismos se pueden creen», así da comienzo a la charla Ortega. ¿Puede alguien creer realmente que, por ejemplo, un toro disfruta cuando sale a una plaza porque ha nacido para ello? ¿Es creible realmente que un ser con piel, terminaciones nerviosas, músculos, no sufra con los artilugios que suelen utilizarse en la mal llamada fiesta nacional? Son los taurinos personas que también arguyen que la cultura mediterránea, la española también, justifica el mantenimiento de esta tradición que al parecer define a nuestra identidad nacional.

La historia demuestra que la tauromaquia tiene un origen violento a la par que lúdico en las celebraciones del circo romano. También en los coliseos y circos romanos se decía que ni los esclavos, ni los prisioneros de guerra, los cristianos, cuando eran utilizados para el solaz de la plebe, sufrían porque eran inferiores, como si solo las personas libres y de bien pudieran sentir. Sufren las mujeres africanas que por tradición son mutiladas genitalmente, sufren los zorros que en la campiña británica eran hasta el 2011 hostigados con perros y a caballo por tradición, sufren los perros que son obligados por tradición a pelear entre ellos hasta la muerte, sufrían los niños y las niñas que por tradición eran castigados corporalmente en nuestras escuelas.

La hipocresía que nuestros gobernantes nacionales demuestran cuando dicen que prohibir es negativo en sociedades libres es dificilmente superable, cuando no tienen ningún pudor a la hora de prohibir ellos mismos derechos tan fundamentales como el de manifestación, reunión y expresión, en el seno de la llamada Ley Mordaza. Pero siendo realistas, también puede constituir una herramienta eficaz contra la barbarie de la tortura taurina el cierre del grifo de las subvenciones públicas. 26 millones salen de Europa para financiar «la fiesta», 200.000 euros pagó el ayuntamiento de Bilbao por una tarde de gloria a José Tomás, 2 millones de euros cuesta sostener los museos taurinos de Córdoba y de Málaga. Teniendo en cuenta que no llega a 150 el número de toreros en activo, que el negocio de los toros da empleo directo o indirecto a no más de 14.000 personas, las cuentas no salen. Con los fondos públicos que se utilizan para sostener plazas de toros municipales, ayudas a la ganadería brava, deudas de las plazas con Hacienda, etc, podrían atenderse en nuestro país muchos miles de puestos de médicos, profesorado cualificado y otras necesidades.

En cualquier caso, no es cuestión sólo de recursos. Debemos hablar de derechos de quienes no pueden hacerlo por sí mismos. Tampoco pueden autodefenderse las ballenas, el planeta en proceso de destrucción, los enfermos de Alzheimer o la infancia, pero los defendemos. Los toros, los perros, los visones, las martas, los linces, todos ellos son sujetos de derechos.

Nuestra especie, la que puede pensar y defender derechos de otros con los que convivimos, se hace más humana cuando lucha contra la barbarie. Defender la diversidad medioambiental, faunística y botánica, no solo nos convierte en mejores moral y socialmente, sino en protectores de una casa común, La Tierra, en la que todos somos imprescindibles, animales no humanos y humanos juntos. La violencia no educa.

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